jueves, 24 de mayo de 2012

Océano se llama el trabajo de Hengki Koentjoro


Si el fotógrafo es un creador desde la luz, Koentjoro más aún si cabe: sus fotos dialogan con la claridad y la sombra, con los matices más exacerbados y hermosos, con la caligrafía inefable del blanco y negro.


Sostienen muchos que la fotografía digital aún no posee la perfección, la variedad de registros cromáticos y esa vibración indecible de la fotografía analógica. No estoy seguro de que piense así este espectacular fotógrafo indonesio, pero su obra –tan matizada, tan hilvanada línea a línea, gama a gama, atmósfera a atmósfera- parece una ratificación. Tiene calor, ternura, presencia; envuelve, conmueve, se sedimenta en el alma. Hengki Koentjoro ha estudiado en Indonesia su oficio y también en Estados Unidos, en del Brooks Institute de la ciudad da Santa Barbara, y digo también porque se ve que es un estudioso de la fotografía y de algunos clásicos: los japoneses especialmente, tan delicados, tan sutiles, y un maestro del paisaje como Ansel Adams, que logró fotos extraordinarias de los espacios abiertos al infinito, y quizá haya seguido los pasos de Edward Weston.
Haengki Koentjoro es un fotógrafo con embrujo. Alguien que sabe mirar y que extirpa el alma de la naturaleza, del agua, de esos lugares exóticos (bosques, lagos, valles, montañas) que parecen nacidos del sueño. Sus fotos de paisaje destacan, de entrada, por el refinamiento, por la expresividad, por la capacidad de evocación, que nace de la composición, de la poética del claroscuro y de una idea un tanto imprecisa de intemporalidad. Las fotos de Koentjoro parecen hechas para siempre o parece que hubieran estado ahí desde siempre. Tienen música.

La palabra magia ya suena gastada para aplicársela, pero sí tienen magia, misterio, sorpresa: las ves y no puedes dejar de mirarlas; las ves y te transportan a ese lugar; las contemplas y elogias su serenidad, el abanico de tránsitos desde el blanco purísimo al negro más intenso, las contemplas y percibes de inmediato el talento del creador, su comunión con el paisaje y su libertad de trabajo. Koentjoro es un fotógrafo en libertad capaz de convertir cualquier detalle en una obra de arte: ya sea una llama, una zambullida en el agua, un cuerpo que bucea, la arboleda nevada en la ribera, un paseo a orillas del mar o un detalle perdido, casi anodino, en el centro del océano. Koentjoro es un formidable fotógrafo de inspiración submarina o acuática.

Hengki Koentjoro es un poeta del claroscuro, alguien que posee la capacidad de crear paraísos. Y otra cosa muy curiosa: la fotografía también es voluntad artística de esculpir con la luz. Eso Koentjoro lo hace magistralmente: construye volúmenes y texturas, envolturas de luz, araña el paisaje y le extirpa sus mejores brillos. El paisaje es una construcción mental a menudo: él sabe mirar y otorgarle un fogonazo de trascendencia, de pureza y de hermosura.