miércoles, 28 de marzo de 2012

Los albinos de África, una Maldición

Superstición fatal: Los niños albinos en Tanzania



El fotógrafo sueco Johan Bävman ha ganado la competición de Unicef como la foto del año. El Unicef busca bienestar de niños de las Naciones Unidas. La foto trata los niños albinos, quienes sufren una perturbación de pigmento. Su cuerpo no produce ningún color. La muchacha de diez años (foto de arriba) pertenece a aproximadamente 150.000 albinos en Tanzania. A causa de su color son abandonados e insultados como "zeru-zeru", niños del diablo. Muchos de los niños son perseguidos pues sus partes del cuerpo son codiciadas.

Vivos son repudiados y considerados malditos. Muertos, en cambio, valen su peso en oro: sus órganos son valorados como amuletos capaces de atraer todo tipo de fortuna. Los albinos sufren auténticas cacerías en algunas zonas de África. Muchos se ven obligados a huir. Como Moszy, que llegó a Tenerife en patera. Pide asilo para que no lo devoren en rituales de magia negra. No exagera.








Un bebé albino, con su madre en Sierra Leona. La aceptación familiar es la
única forma de que escape a un fatal destino.











Moszy tiene 21 años, es africano e inmigrante. Llegó en cayuco a Tenerife
el pasado 29 de marzo de 2009,junto a otros 60 subsaharianos de distintas
nacionalidades, pero a diferencia de sus compañeros de travesía él es blanco;
albino, para ser exactos.

Moszy es un fantasma, es invisible, no es humano. En la lengua suajili, zeru. Moszy tiene 18 años, es de Benín, llegó en patera a la playa de La Tejita (Tenerife) a finales de marzo con otros 60 inmigrantes subsaharianos, aquejado de una tiritona incontrolable por la hipotermia de las noches en el mar y de severas quemaduras de los soles atlánticos. Moszy tiene la piel descolorida; la cara, lechosa veteada de manchas color canela; una miopía de rompetechos. Su esperanza de vida es de 30 años. El cáncer de piel acecha en sus genes. O un asesinato ritual. Porque Moszy es albino. Un negro albino. Un fantasma. Menos que humano. Zeru.


Moszy teme literalmente que lo descuarticen y se lo coman. Según explica, se hacen auténticas barbaridades con el cuerpo de los albinos: los dedos son utilizados como amuletos y con su sangre se elabora el ‘muti’, una bebida que preparan los brujos locales con la creencia de que trae fortuna.

Primero pensaron que Moszy exageraba. Sonaba todo demasiado macabro para ser verosímil. Moszy asegura que no quiere volver a su país porque teme ser asesinado y devorado en un ritual de magia negra. Antes de morir, le amputarían brazos y piernas a machetazos. Con su sangre, los brujos harían un caldito llamado muti. Con los dedos de sus manos, amuletos. Con sus genitales, una pócima sexual tan efectiva como la Viagra. Pero Moszy no exagera. Cada uno de sus huesos vale su peso en oro. Cada falange es susceptible de servir para un collar. Por una de sus piernas desmembradas se pueden llegar a pagar 1.500 euros.

Para muchos pueblos africanos, los albinos son gafes en vida. Traen la desgracia a sus familias, a sus clanes, sobre todo a ellos mismos. Muchos son repudiados por sus padres, expulsados de sus casas. Pero, cuando mueren, se invierte el signo de la fortuna. Muertos atraen todo tipo de bienes y riquezas. Por eso se los considera trofeos muy preciados en una de las cacerías más bochornosas que ha perpetrado el género humano desde que los nazis persiguieran a los judíos. Sólo en Tanzania han sido secuestrados y asesinados 41 en el último año. Otros diez en Burundi. Siete en Malí. En Camerún, muchos son estrangulados o asfixiados nada más nacer por sus propios padres para evitarles (y evitarse) escarnio y sufrimientos. En algunas aldeas es la familia política de la madre la que comete el infanticidio, en la creencia de que el niño es fruto de relaciones adúlteras con un blanco. El asunto es tan repulsivo que Unicef y la ONU han puesto el grito en el cielo, e Interpol se ha ofrecido para colaborar con los gobiernos de las naciones afectadas.







Moszy es un invisible, pero todo el mundo parece fijarse en él. En el Comité Español de Ayuda al Refugiado (CEAR) se han tomado el caso muy en serio. Sus servicios jurídicos apelan a la Convención de Ginebra para evitar su repatriación. De momento, permanece en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Hoya Fría y el Ministerio del Interior ha admitido a trámite su petición de asilo «con una celeridad pasmosa», según Juan Carlos Lorenzo, director gerente del CEAR. Buen augurio, aunque España sólo concede el estatuto de refugiado al cinco por ciento de los que lo solicitan.

El albinismo no es más que una rara condición genética que impide la pigmentación de la piel, carente de la melanina que nos protege de las radiaciones ultravioletas. Un capricho cruel de la naturaleza que afecta a una de cada 20.000 personas nacidas en el mundo, aunque en algunas zonas del África subsahariana, en especial en la región de los Grandes Lagos, la proporción puede aumentar hasta uno de cada 4.000 nacidos. Allí, además, un entramado de mitos y supersticiones agrava los padecimientos de los albinos hasta el puro sadismo. Y sus sufrimientos ya son de por sí lacerantes sin necesidad de brujería. Uno de cada seis afectados padece tumores de piel. Las cremas de protección solar (necesitan mínimo un factor 60 o, mejor, pantalla total) son artículos de lujo o ni siquiera se encuentran en las tiendas. Tampoco es fácil encontrar gafas de sol adecuadas, o son tan caras que no pueden comprarlas, y muchos se quedan ciegos. En Tanzania, sólo un dos por ciento de los albinos vive más de 40 años.





























A los problemas de salud hay que añadir el rechazo social alimentado por creencias muy extendidas, que los albinos son una maldición de los dioses y traerán la desgracia a sus familias; que nunca mueren, simplemente se desvanecen; que el albinismo es una enfermedad contagiosa y los que la padecen contaminan los alimentos que tocan… Todo ese batiburrillo de prejuicios hace que los albinos sean unos proscritos. Incluso en países como Senegal, donde el tráfico de órganos para surtir a los hechiceros no es relevante y no supone una amenaza para sus vidas. «En la calle, la gente escupe cuando paso. Algunos se tapan la nariz. Si me siento en un autobús, la gente se levanta de mi lado», afirma Alseny Sall, de 22 años, un vendedor callejero que reside en Dakar. En los colegios, los niños con albinismo sufren las burlas de sus compañeros. Y muchos profesores no permiten que se sienten en los primeros bancos, cerca de la pizarra, a pesar de sus problemas de visión. Como no se enteran de la lección, no aprueban. El porcentaje de fracaso escolar es abrumador. Sin educación y estigmatizados, muchos viven en la miseria.







Tampoco se libran de pasarlas canutas en Nigeria. No obstante, Ugochukwi Orji, que dirige una fundación de ayuda a los albinos en ese país, matiza que su aceptación social depende del amor que encuentren en sus propias familias. «Si los padres reciben una buena información, no se avergonzarán de sus hijos albinos y éstos ganarán en autoestima. Pero es difícil que prosperen. No encuentran empleo, ni pareja, pocos se casan. Y las chicas albinas tienen un problema adicional. Muchos hombres sienten curiosidad y quieren tener relaciones sexuales con ellas. Luego las abandonan. Pero lo peor, sin duda, ocurre en Tanzania y Burundi. No he visto nada igual en el mundo.»





Y es que resulta muy difícil hacerse una idea del terror al que se ven sometidos los 17.000 albinos que viven en Tanzania, un país de 39 millones de habitantes y destino turístico de referencia para miles de occidentales gracias al tirón del monte Kilimanjaro. En Tanzania, la cacería de albinos es un crimen atávico fomentado por la minería. Hay importantes yacimientos de oro, diamantes y piedras preciosas. Muchos mineros piensan que los órganos de los albinos los ayudarán a encontrar buenas vetas o a librarse de la muerte en caso de un accidente. También hay contrabando de amuletos confeccionados con piel y huesos de albinos en torno al lago Victoria, pues los pescadores piensan que les darán suerte a la hora de echar las redes.




Pero la situación se ha agravado en los últimos meses, hasta alcanzar un dramatismo estremecedor. Grupos de hombres armados con fusiles y machetes vagan por las aldeas buscando albinos, los asesinan delante de sus familias, los degüellan para beber su sangre caliente, en la creencia de que los hará poderosos e invulnerables. Una vez saciados, los decapitan y los trocean con hachas y cuchillos de carnicero para vender la cabeza y los despojos a los curanderos. No, no es el argumento de una película gore. Es un negocio. Todo se aprovecha: piel, cabellos, carne y esqueleto. El cuerpo de un albino, despedazado con esmero y codicia, puede llegar a valer unos 25.000 euros. Una de las últimas víctimas fue Cizany, una niña que fue atada y desmembrada delante de sus padres. El escándalo sacudió a la comunidad internacional y el Gobierno tanzano reaccionó con redadas multitudinarias. Unos 170 brujos, cazadores de albinos e intermediarios en este truculento mercado han sido detenidos hasta la fecha. «El problema es la falta de legislación. Todavía estamos esperando los juicios y que haya sanciones ejemplares», se queja Ernest Kimaya, activista tanzano.


A cientos de sanadores tradicionales se les retiró la licencia para ejercer, lo que en un país donde un tercio de la población acude a este tipo de medicina supone un problema añadido. Harufa Kifimbo, portavoz de la asociación de curanderos más importante de Tanzania, se queja: «Muchos pacientes dependen de nuestros remedios. Las autoridades están haciendo pagar a justos por pecadores».


Muchos albinos huyeron de Tanzania y se refugiaron en la vecina Burundi. Paradójicamente, después de las detenciones, también han escapado a ese país decenas de curanderos. Y los crímenes se han repetido. En casi todos los casos, las víctimas son mutiladas en vida, de acuerdo a la mística creencia de que el sacrificio es más potente. Muchos son niños y adolescentes. En algunos pueblos, los escolares reciben escolta para ir a clase. Para Zihada Membo, su gran enemigo era el sol. «Pero ahora voy por la calle y la gente cuchichea. Mirad, una zeru. Un fantasma. Tengo miedo. Han puesto precio a nuestras cabezas.»


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