lunes, 23 de julio de 2012

Amy Winehouse


Un grupo de agentes de la policía británica recorrieron con rapidez las atestadas calles del norte de Londres el pasado 23 de julio. Una llamada anónima informó sobre el deceso de una mujer sin dar mayores detalles.

Eran las 03:54 de la tarde cuando llegaron a una casa en Camden Square y al tumbar la puerta encontraron el cadáver menudo de una joven. El cuerpo ojeroso y flaco, esculpido durante años con cicatrices de pinchazos, navajas, cristales rotos y quemaduras de cigarrillos fue identificado como los restos mortales de Amy Winehouse, la niña prodigio del soul planetario.
“Las investigaciones continúan para averiguar las causas de la muerte. Se está tratando como un caso sin explicación”, declaró un gris portavoz de la policía.



Acto seguido se inició la leyenda. Su muerte fue el corolario de una vida frenética signada por los excesos y un talento único que la británica trasegó hasta las heces.

Si, como dice Antonio Escohotado, una meta clásica del hecho estético radica en: “Elevar la ebriedad al estatuto de las demás bellas artes”, no cabe duda que esta cantante fue una devota creyente que se consumió en ese intento.

Un momento paradigmático en su carrera la define perfectamente. Se trata de su célebre presentación española en 2007. De las sesenta estrellas que durante la celebración del Rock in Rio convertirían a Madrid en la meca musical del planeta, los fans de esa inglesa desharrapada con voz de oro, permanecían apelotonados contra las bardas mirando y esperando. “Nadie habla de sus cosas buenas, todos la critican, pero en las citas importantes…¡ella siempre llega!”, comentaba una fanática emocionada a los periodistas.

Entonces, una banda impecable atacó los primeros acordes de Addicted mientras los fieles miraban boquiabiertos a una sonriente Amy Winehouse que les espetaba desde el escenario: “Tell your boyfriend next time he around/ To buy his own weed and don’t wear my shit down”.

Sorbiendo de tanto en tanto una copa enorme de Rickstasy (brebaje que mezcla tres partes de vodka con otras tres de whisky, una de licor de banana y Baileys) y con la enorme colmena de su cabellera, estilo ratty beehive, atada por un pañuelo multicolor, Amy parecía haber vuelto.

Algo errática, sin desplegar su vasto talento vocal y arropada por músicos excepcionales, igual convenció a devotos y críticos. Quizá la gran mayoría no esperaba oírla, sino verla para cerciorarse de que seguía con vida.

Luciendo un escotado vestido crema que enfundaba su delgada anatomía, la inglesa heredera del legado Motown brilló en un inolvidable y corto recital. No hubo peleas, ni navajazos. No hubo lágrimas, ni policías, tampoco escupitajos sangrientos ni orgías decadentes. No parecía que pocos días antes le hubiesen diagnosticado enfisema en su primera fase, por lo que sólo posee el 70% de su capacidad pulmonar. Sobre todo, esa noche bendita, no hubo crack.

Los cristales de clorhidrato de cocaína hervidos con bicarbonato de sodio, se calientan fácilmente. En una pipa de vidrio o una lata con agujeros, el calor de un mechero improvisado hace que las rocas diminutas se resquebrajen emitiendo pequeños crujidos, mientras la cocaína se evapora y es aspirada por el consumidor.

Sin producir una adicción física definida pero con letales efectos psicológicos, el crack ha arrastrado a millones de adictos a un lamentable estado físico que linda con la muerte. A los 24 años, Amy Winehouse sufrió en carne propia los efectos de ello.

Un enfisema pulmonar en primera fase, alcoholismo, desórdenes alimenticios y de carácter, anemia alarmante, múltiples cicatrices autoinfligidas y las úlceras cutáneas del impétigo que afean su (¿otrora?) rostro exótico, eran los rastros externos del intenso teatro de autodestrucción al que dedicó su corta vida.

“Que se aprende algo nuevo cada día, y que la vida es corta”, respondía la diva cuando le preguntaban cuál era la lección más importante que había aprendido. Pero su historia recuerda más a la antigua conseja china que reza, eso de “ten cuidado con lo que deseas porque se te puede cumplir”.

Voz de negra en cuerpo de blanca

Amy Jade Winehouse nació al norte de Londres el 14 de septiembre de 1984, en el seno de una familia judía ligada, principalmente, por una predilección especial hacia el jazz y la música popular. En la vieja casa de los suburbios, en Southgate, donde cantó sus primeras escalas creció oyendo a Sinatra y Bennett, tarareando a las grandes voces negras como Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Nina Simone y Billie Holiday.

The Marvelettes y The Supremes, Diana Ross y Aretha Franklin se mezclaban con variadas influencias como las de los Selecter, los Specials y The Beat, hecho que ayuda a explicar la potente mezcla de soul, reggae, ska, hip-hop y desgarro emocional con que la delgada cantautora inglesa entró a la historia del pop.

“Estoy escuchando mucho los clásicos grupos de chicas como las Shangri-Las, y también las canciones de corazón roto del soul de los años ‘60. Cualquier clase de tema, en realidad, que se pueda cantar junto a una botella de whisky”, le explicó al diario británico The Times cuando recién había salido a la venta el single del tema “Rehab”. Mucho del talento temprano de este prodigio se explica si nos remitimos a su familia: el abuelo paterno fue Ronnie Scott, leyenda del jazz británico de los ‘40, sus tíos son músicos profesionales de jazz, y en su casa sonaban permanentemente los discos de Frank Sinatra, Ella Fitzgerald y otros. “Cuando tenía 6 o 7 años escuchaba la Immaculate Collection de Madonna durante todo el día”, le confesó al diario The Observer cuando recién había salido su primer disco.

Mientras estudiaba en el Ashmore School, con sólo 10 años fundó una banda llamada Sweet ´n´ Sour, donde la parte agria le tocaba a nuestra pequeña. “Éramos los Salt ´n´ Pepa judíos”, explica con tierna sonrisa la cantante. A los 12 fue expulsada de la Sylvia Young Theatre School por “no aplicarse” y agujerearse la nariz. Un año después sus padres le regalan la primera guitarra y las letras comienzan a fluir de sus dedos.

Siendo muy joven comienza a frecuentar los pequeños pubs londinenses, en concreto, los cercanos al mercado de Camden Town donde un amigo le da su demo a un productor. El feliz resultado fue un contrato con la disquera Island/Universal a los 16 años de edad.

Sólo 36 meses bastaron para que la precoz mocosa, que apenas comenzaba a pulsar los trastes, comenzara una breve pero brillante carrera profesional. En 2003 debuta con Frank, álbum con el que vendió 1.500.000 copias, obtuvo un disco de platino, fue nominada a los Premios Mercury y ganó un Ivor Novello en 2004 por el single Stronger than me.

Dionisiaca desde el apellido mismo, la intérprete ya tenía ciertos problemas de conducta severos. Pese a las juergas y el sexo desenfrenado dedicaba todo su tiempo para la composición de piezas notables, hasta que en 2006 llegó Back to black.

Nunca sabremos qué efectos esperaba causar Amy con esta placa sofisticada y desgarradora, pero un hecho patente es que no estaba lista para el éxito. Con el público a sus pies y la crítica entronizándola como la heredera de la “era Motown de R&B” se convirtió, en cuestión de horas, en la responsable de resignificar al soul.

Aunque mes a mes cosechaba triunfos como las tres nominaciones a los MTV Video Music Awards, un disco platino en Estados Unidos (Back to black vendió más de 10.000.000 de copias) y seis premios Grammy, su salud y conducta empeoraban constantemente.

Mientras el premier británico Gordon Brown le confesaba que era su fanático al Daily Mirror y decía: “Amy tiene un talento y una voz increíbles. Soy un gran fan suyo. Podrá tener algunos problemas, pero muchas veces es malentendida”, el gobierno estadounidense le negó la visa para asistir a la entrega de los premios Grammy por sus continuas encarcelaciones por el uso de estupefacientes.

Así como encabezó el listado de los artistas más exitosos e influyentes del recién nacido siglo XXI, una encuesta reveló que también estuvo a la cabeza de los personajes que le provocan pesadillas al público británico. Bien visto no es un logro menor: le ganó al mismísimo rockero Marilyn Manson, sacerdote de una iglesia satánica y catalogado como anticristo por la mayoría de los credos occidentales.

The Sun reveló hace unos años un patético vídeo donde se la veía en casa, aspirando crack y confesando que se había tomado seis pastillas de valium “para bajar”. También habla con un diminuto ratón.

“Suena afroamericana, pero es judía británica. Parece sexy, pero no juega a eso. Es joven, pero suena vieja. Canta con sofisticación, pero es vulgar hablando. Su música es melosa, pero sus letras son desagradables”, son palabras que definen el juicio exigente de Garry Mulholland severo crítico de música de los diarios ingleses The Guardian y The Observer.

“Prefiero dar. Yo no sé recibir”, repitió la diva como un mantra en múltiples entrevistas. Y Amy, lo dio todo. Dio escándalos, música y dolor para el mundo. Ofreció un espectáculo continuo, 24 horas de un reality show freak más vivo y real que cualquier otro. Las cadenas y la prensa esperaron ansiosamente saber sobre cada detalle de su vida, quizá querían verla destruida en un sanatorio. Amy prefirió arder.

La maldición de los 27 años

La vorágine en la que se encerró recuerda la mítica frase de Knock On Any Door clásico del cine negro donde un circunspecto Nick Romano dice: “Vive deprisa, muere joven y deja un lindo cadáver”. No faltan ejemplos, desde el mítico James Dean hasta el reciente Heath Ledger. Esto sin contar con el tenebroso “Club de los 27”, que ahora la agrupa entre sus filas junto a notables figuras del rock.

Una de las leyendas negras de la industria musical radica en el hecho de que cinco brillantes estrellas murieron en circunstancias extrañas a esa edad. Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Brian Jones y el sempiterno Kurt Cobain. Y ahora Amy integra el “selecto” club.

Rehab fue el gran single de Back to black y es una pieza que ahora se nos antoja profética. Fue una maravilla destinada a ser hit, aunque la hubiesen oído un grupo de marcianos indolentes. A estas alturas la mayoría recuerda cómo la arrogante compositora iniciaba la pieza espetándole al mundo: “They tried to make me go to rehab, I said ‘no, no, no’”. Con un agudo sentido de la ironía, sus debilidades la llevaron en repetidas oportunidades a decirle sí, sí, sí a los períodos de rehabilitación.

Cuando le preguntaban a qué sabe el amor, la Winehouse decía: “La enfermedad que te consume para la eternidad”. Y es que no las llevaba todas consigo en esa área.

Irónicamente, las presiones del negocio musical no eran su talón de Aquiles. Componer y salir de gira solía hacerle bien durante los primeros años. Los problemas se iniciaron al estar en casa con su esposo Blake Fielder-Civil al que habitualmente le caía, literalmente, a puñetazos y le era infiel. Era una imagen habitual de los tabloides mostrarlos repletos de cortaduras, moretones y sonrientes a la salida de los bares.

Confinado en la cárcel por haber agredido al dueño de un pub en 2006 y luego intentar sobornarlo para que no testificara (le ofreció 400.000 dólares), el Romeo de Amy estuvo preso un tiempo.

Como buena Julieta, la estrella canceló todas sus actuaciones de 2007 diciendo: “No puedo darlo todo en el escenario sin mi Blake”. Pese a tanta pasión, Blake tuvo un acceso de pánico y arrancó todas las fotos que tenía de su esposa mientras se desplomaba llorando en los fuertes brazos de sus guardianes gritando “¿Por qué yo?, ¿por qué yo?”. Además pidió su traslado a otra cárcel cerca de Suffolk temiendo perder la razón y atentar contra su vida. Tanto amor terminó con un estrepitoso divorcio en agosto de 2009 del que Blake no recibió un centavo. Poco antes de morir la cantante estuvo saliendo con el director Reg Traviss pero este amorío no pudo salvarla de sus excesos.

Recién salida de una de sus frecuentes hospitalizaciones, Amy recurrió a su padre Mitch quien la seguía a todas partes procurando que no fumara, no se drogara, no bebiera, no saliera con amigos como el rockero mala conducta Pete Doherty y no terminara atada a una bombona de oxigeno por lo que le resta de vida. Obviamente fracasó en su intento.

Hace unos meses volvió a salir de una cura de desintoxicación y prometió lograr dar una gran gira por su disco. Fue imposible. En Belgrado el show fue tan bochornoso que un crítico dijo que había asistido a “el peor concierto de la historia de la música”.

Amy no se pudo tener en pie y olvidó la letra de sus canciones.

Su última aparición pública fue el miércoles pasado cuando salió al escenario junto a su ahijada Dionne Bromfield en el teatro “The Roundhouse” de Camden Town. Los espectadores que la vieron bailar y entonaron frenéticamente los coros de un par de sus hits jamás se imaginaron que serían el último público que la vería con vida.

Refiriéndose al ocaso de Britney, el escritor mexicano Juan Villoro escribía que “las estrellas del espectáculo viven en estado de irrealidad hasta que estallan como supernovas”.

En un mundo donde las carteleras musicales están dominadas por los devaneos horrísonos de Lady Gaga, el legado de Amy Winehouse representa rebeldía y pureza musical. Mientras los críticos y detractores permanecen escandalizados porque no se explican tanta alharaca por la muerte de una cantante drogadicta, para muchos otros este deceso la convierte en un símbolo contracultural.

Ken Goffman explica que “la contracultura valora el ampliar las fronteras del arte y aún más acercarse a la vida como un experimento artístico en marcha”. Pocos podrían dudar que la Winehouse lo apostó todo por la gloria musical y una composición brillante oscurecida por los excesos y el desamor.

La estela de la supernova que fue Amy Winehouse nos acompañará durante muchos años recordándonos la cruda diferencia entre los fenómenos de mercado y el talento único que sólo posee la gran música.